Cine: Christiane F. – Los niños de la estación del Zoo

Publicado por: Gerardo de la Maza |
02•02•2015
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En “Yo, Cristina F” (1981) una adorable chica de aspecto lánguido de los suburbios de Berlín se convierte en una prostituta yonqui a los trece años tras conocer el sexo (pre-adolescente), las drogas (duras) y rock ‘n’ roll (vía David Bowie). La historia no es una fábula inventada para prevenir el consumo, ni siquiera un dudoso relato anónimo como “Pregúntale a Alicia”. La protagonista del libro autobiográfico  “Christiane F. – Los niños de la estación del Zoo” en que se basó la película, es hoy una mujer que al cumplir 51 años se pregunta cómo sigue viva.

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Interpretada por una quinceañera Natja Brunckhorst, Christiane en un principio es la encarnación de la inocencia. Vive junto a su madre en Gropiusstadt (un complejo de departamentos ideado por Walter Gropius “cubierto de orina y excrementos” según relata) de donde se escabulle cada noche para encontrarse con Detlev, un chico de aspecto tierno que resulta ser un heroinómano. Un concierto de su ídolo, David Bowie, es el detonante para acompañarlo en su adicción.

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Su belleza natural se va esfumando: se tiñe el pelo rojo, su piel adquiere un enfermizo tono verde y se hace un tatuaje como el de su amado. Décadas antes del “heroin chic”,  la pareja posee un aura cool innata a pesar de su aspecto deteriorado. Incluso con sus ojeras, complexión huesuda y pelo sucio de rigor su vestuario es trascendental: son adolescentes.

Las escenas de consumo de droga y los efectos de la privación son tan impactantes como los de “Trainspotting” o “Requiem for a Dream” aun sin el uso de efectos especiales. Queda en la retina un episodio casi gore en que ambos vomitan una pared con vino tinto tratando de dejar sus vicios de golpe o los primeros planos de agujas inmundas buscando una vena esquiva.

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Con su decadente belleza industrial, el Berlín occidental es tan protagonista como Christiane. La fulgurante discoteca Sounds intriga con su arquitectura laberíntica y “Heroes” sonando de fondo, la pandilla drogadicta corre eufórica por una galería comercial desierta (el video de Stereo Total “Plastic” recrea la escena in situ décadas después) para luego mirar con melancolía el panorama de la urbe con un gigantesco logo de Mercedes Benz en medio (el clip “Pure Space” de Unicorn Kid recorre todas estas postales). La estación del metro del título se convertiría en una atracción turística. Incluso hoy al recorrer Bahnhof Zoo, instituido como el portal de la zona financiera de la capital germana, entre sus tiendas de lujo y pulcros restoranes continúan asomándose zombies dependientes de las agujas. Es un punto de encuentro de mendigos, drogadictos y prostitutas ya que las oficinas de ayuda social están a poca distancia.

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La película se convirtió en el mayor éxito comercial del nuevo cine alemán, Christiane viajó a Estados Unidos a hacer la promoción y probó suerte como cantante. Su vida cambió: pasó de inyectarse heroína en baños públicos a probar la cocaína en las fiestas de famosos de Hollywood. Convertida en una yonqui superstar y con dinero gracias al libro, se estableció en Hamburgo y recayó sin regreso en la espiral de la heroína.

En adelante no haría más que convertirse en un mito de carne y hueso: la prensa sensacionalista alemana seguiría con morbo sus frecuentes recaídas con las drogas duras. Su relato tiene una segunda parte en el libro “Yo, Christiane F. Mi segunda vida” presentado por la editorial española Alpha Decay en enero de 2015. Hoy Christiane Vera Felscherinow retoma su historia: cómo tras el éxito de su biopic se convirtió en una celebridad en el Berlín previo a la caída del muro, su vana lucha por alejarse de la heroína, su ruina física y emocional, la pérdida de la custodia de su hijo y la esclavitud del tratamiento de metadona del que depende.

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