France Gall: Pop Baby

 

“A Serge Gainsbourg le preguntaron si había alguien menor de 30 años que mereciera una estatua y dijo algo impresionante: ‘Sería una estatua de caramelo de France Gall cuyos dedos podrían ser lamidos por todos los niños'”.

France Gall, 1968.

 

Como en una agridulce historia coming-of-age, la carrera y la vida de France Gall pasó por el candor virginal, el descubrimiento de la crueldad y los avatares del amor maduro, todo relatado en las portadas de Salut Les Copains y Paris Match. La popular cantante francesa que triunfó en los sesenta murió el 7 de enero de 2018 a los 70 años tras una batalla de dos años con el cáncer.

 

Isabelle Gall, nacida en París, procedía de una familia de músicos. Su  padre, Robert Gall -compositor de himnos como “La Mamma” de Charles Aznavour-, escribió sus primeros éxitos. Entre ellas el hit “Sacré Charlemagne” (Bendito Carlomagno), una canción infantil sobre el emperador de los francos. Con 16 años Isabelle se convierte en France y en todos los franceses: una niña de buena familia, ícono del boom de la posguerra, que se instaló cómodamente en el olimpo yeyé junto a Sheila y Sylvie Vartan.

 

Serge Gainsbourg catapultó su carrera escribiendo éxitos como “Laisse tomber les filles” (Deja en paz a las chicas) o “Poupée de cire, poupée de son” (Muñeca de cera, muñeca de serrín), ganador de Eurovisión como representante de Luxemburgo. Para Gainsbourg fue una buena jugada, demostrando que podía estar en el top de los rankings y de paso cobrar jugosas regalías por ventas. Ambas canciones son los mejores ejemplos de la versatilidad del polémico letrista al servicio de Gall, poniéndose en el lugar de una nínfula sin dejar de inyectar su usual dosis de cinismo.

 

 

A partir de 1965, Gall es un estandarte de la exportación del pop galo, cantando en alemán, italiano y español y con amplias giras por Japón y Alemania. Walt Disney la imaginó como la protagonista de una adaptación de Alicia en el País de las Maravillas, un proyecto truncado por la muerte del dibujante. En estos años confesaba en una entrevista que sus músicos favoritos eran Françoise Hardy y Los Beatles y que sus escritores predilectos eran Colette, Daphné du Maurier y Balzac. En 1966 Gainsbourg escribe la infame “Les Sucettes”, sobre una chica adicta a las paletas de caramelo, con una doble lectura erótica que Gall comprendería con estupor semanas después de su lanzamiento. “La canté con absoluta inocencia, de lo que estoy muy orgullosa ahora. Me entristeció saber que se aprovechó de mi situación para reirse a mis expensas”.

 

A la crisis típica de los artistas precoces durante el paso a la adultez se sumó el cisma del mayo de 1968 y la aversión por el pop ligero. A pesar de repetidos intentos fallidos para volver a los rankings, el éxito solo retornará en 1974 junto a Michel Berger y el hit “La declaration d’amour” (La declaración de amor). Ambos forman una alianza creativa y sentimental; se casan en 1976 y tienen dos hijos, Pauline y Raphäel. Aunque su carrera toma un giro soft rock poco memorable y el amor maduro se convierte en su tema principal, de este periodo hay gemas rescatables como la funky “Musique” (Música) y el exitazo internacional de 1987 “Ella, elle l’a” (Ella, ella lo tiene), dedicado a Ella Fitzgerald.

 

En los noventa se alejó de la música tras la muerte de su hija Pauline a los 19 años por fibrosis quística en 1997 y la de Berger en 1992 por un ataque al corazón con 44 años. Con escasas apariciones recientes -la última fue el musical Résiste de 2015, un homenaje a Berger-, sus clásicos han cobrado nueva vida con rescates como el de Tarantino con “Laisse tomber les filles” – a través de la versión de April March- para la banda sonora de “Death Proof” (2007).

 

 

No fue la yeyé fatale (esa era Sylvie Vartan) ni la enigmática (por lejos, Hardy). Sólo el tiempo demostraría que Gall con su baby pop es la yeyé paradigmática, la más cercana al ideal de la muchachita de la liberación de posguerra sin llegar a ser revolucionaria, abrazando el pop descarado con un irresistible halo de inocencia.

 

Suena como: Sylvie Vartan, Sandie Shaw.

 

Hit esencial: “Laisse tomber les filles”, protofeminismo en la línea de “You don’t own me” de Lesley Gore pero con la lengua firmemente puesta en la mejilla.
 
 

 
 
Canción oculta: “Musique”, su particular “Thank you for the music” en clave funk soul y coreografía a lo The Lockers en Soul Train. Un exquisito experimento de estilo, anómalo en su discografía, como la sicodelia anti LSD de “Teenie Weenie Boppie” y el kitsch teutónico de “Der Computer Nr. 3”.
 
 

 

Gerardo de la Maza