Heroínas: Kate Greenaway


Conocí las ilustraciones de Kate Greenaway cuando el cartero me trajo el libro facsímil de The language of flowers, un pequeño diccionario de simbología floral que fue publicado por primera vez en Londres, en 1884. Durante la época victoriana, el lenguaje de las flores era un importante código sentimental: cualquier emoción, tanto positiva como negativa, encarnadas en frases como “estoy muy feliz” o “te declaro la guerra”, estaban cifradas en los pétalos y colores de una flor en particular. Dígalo con flores. En el librito, las flores son protagonistas, pero también en algunas páginas son mero ornamento que encuadran, en formato de coronas, encintados, ramilletes o canastillos, idílicas escenas de juegos infantiles, paseos de amigas por un prado, madres e hijos abrazados, mujeres tristes contemplando la naturaleza y angeli
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Esas escenas acuareladas, cargadas de sentimiento, fueron el trabajo predilecto de Kate, escritora e ilustradora inglesa que vivió entre los años 1846 y 1901. Se crió en una familia de artistas: su padre era ilustrador y su madre modista, quien incluso tuvo una tienda de vestuario infantil. Dibujos y niños confluyeron en la vocación de Kate, vocación que cultivó en diversos institutos de arte londinenses, donde definió su técnica. Ilustró libros infantiles, tanto de su autoría (Under the window, de 1879) como de otros escritores (por ejemplo, El flautista de Hamelin, de los Hermanos Grimm), así como también colaboró en las revistas para niños Little Folks y St. Nicholas. Ilustró alfabetos, tarjetas de saludo- las navideñas causaron sensación en 1871-, y calendarios, entre otros objetos de memorabilia, por lo que su arte invadió la vida cotidiana de muchas familias de la época, gracias a las nuevas tecnologías de reproducción fotolitográfica. Sus obras revolucionaron el mercado editorial, por su alta demanda.

 

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Pese a seguir las tendencias victorianas, retratando códigos florales y juegos infantiles de moda (la cuerda, el aro o ula-ula y la ronda), Kate fue una visionaria, pues adaptó el vestuario de sus personajes ilustrados a la realidad de la infancia, es decir, vistió a los niños como niños, no como adultos en miniatura. Para ello, se inspiró en la moda de la Regencia inglesa (el llamado periodo georgiano, de fines del siglo XVIII), una moda neoclásica, de inspiración griega, que lucía más cómoda en los niños y las niñas… Como si mientras jugaran, las telas de sus trajes flotaran en una atmósfera liviana y etérea, meciéndolos suavemente, coordinados con el movimiento de las flores y los árboles. Tal fue el impacto de esas vestimentas, que casas de moda como Liberty’s diseñaron prendas infantiles al estilo de las criaturas de Kate, por lo que en la calle podían verse algunos chiquillos y chiquillas como sacados de sus ilustraciones. Todo un acto liberal por esos años.

 

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Los rostros de los ángeles, los niños, las jovencitas y las mujeres -en el mundo de Kate los hombres adultos son prácticamente inexistentes- son retratados con fidelidad: algunos incluso pueden parecer toscos entre medio de los perfectos sombreros de paja, las delicadas cofias y los pliegues y detalles cuidadosos de los trajes. Sin embargo, esa aparente tosquedad, esa escasa idealización – que contrasta con los paisajes ideales en que muchos de sus figuras se encuentran, como si fueran parte de un locus amoenus-, no es más que el reflejo del gesto humano en todas sus facetas, las cuales Kate no omitió en absoluto, pudiendo visualizarse a lo largo de todo su tratado visual sobre el lenguaje floral: la alegría, la complicidad, el juego, la desilusión, la espera, la enfermedad, la inocencia.

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Loreto Casanueva