Löie Fuller

“Siempre obligada a estar entre lo raro y lo exquisito, atraída incesantemente por la búsqueda de lo divino, instintiva y profundamente religiosa. Figura aérea, comparable en gracia a las bailarinas de los frescos de Pompeya, flotantes en sus velos ligeros, alma que nos dio el arte de sus movimientos a la vez voluptuosos y místicos, que interpretan los fenómenos de la naturaleza y la metamorfosis de los seres.” Así la describió Anatole France en el prólogo de sus memorias “Quinze ans de ma vie”.

Löie Fuller, artista americana de las afueras de Chicago, nacida en una noche gélida en el bar del pueblo, prodigio que comenzó su carrera a los 2 años y medio, recitando poemas y haciendo callar a la gente para que la escuchara.

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Se podría decir de ella que tuvo una existencia maravillosa. Primero actriz y después bailarina, estudiosa de los poderes del color y de la iluminación, mujer emancipada del juicio y del control de los hombres, vivió con libertad, su búsqueda artística y su identidad sexual, sustrayendo del cuerpo femenino la mirada erótica masculina y transformándolo en materia de su propio imaginario.

Mujer mariposa, mujer flor de lis, mujer espiral eterno. Ella comprendió la fuerza expresiva de la luz artificial en la metamorfosis de lo real y fue contemporánea del mito de París como la ciudad de luz, indisociable del hada electricidad o “La fee electricite”. Emblemática en el entusiasmo por el progreso científico que marcó su época; la belle epoque.

Arrasó en Europa y se transformó en cenicero, en salero, en broche, en afiche, en escultura, en película, en lámpara y en amante de reinas, porque Loie Fuller fue de todos y encarnó la estética de un siglo.

Löie Fuller por ① Koloman Moser ② Raoul Larche ③ Henri de Toulouse-Lautrec ④ Pierre Roche ⑤ Joseph Paget Fredericks

Sus primeros romances con la luz fueron de viaje por Europa, en la Notre Dame de París, cuando, alucinada por el halo rosado que reflejaban los vitrales laterales de la iglesia, sacó su pañuelo blanco y lo hizo bailar con su mano, admirando los cambios de colores que se producían con el movimiento, una tela limpia pintada con luz y con sombra.

El recuerdo de sus primeros experimentos se pueden leer en sus propias palabras: “Un día ensayando frente al espejo, rodeada de cortinas amarillas que atrapaban la sombra del sol y me hacían ver rodeada de un halo dorado, sentí una profunda emoción al verme reflejada de esa manera y agitando la seda de mi vestido me vi confrontada a un mundo de ondulaciones que sería la forma de arte que buscaría por el resto de mi vida. Transformar el cuerpo en un instrumento de la luz y de la materialidad de la tela. El espíritu de una flor, un vendaval en primavera cargado de pétalos marchitos.”

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Una vía religiosa en donde la repetición crearía la forma, el espiral sagrado que tenía miles de pliegues que se desarrollaban de forma matemática y que fue lo que más costó encontrar. Un espejo de los procesos naturales, el crecimiento y el florecimiento de las cosas. Sus ensayos duraban hasta las 6 de la mañana y era tanta la exigencia del cuerpo que detrás del escenario de “Les folies bergere”, el teatro de París en donde se presentó por largos años, le construyeron una puerta que daba directo a su departamento, para que en ningún momento tuviera que encontrarse con el frescor de la noche. Era transportada en brazos.

Sus espectáculos tenían nombres hermosos: “La Serpentina”, “La Violeta”, “La Mariposa”, “La Danza Blanca”, “La Nube”. Aunque al principio eran sin música, después hubo un violín que acompañó sus movimientos cargados de luz y color. Amiga y musa de los hermanos Lumiere y de Auguste Rodin, sacudió la mente de Debussy y de Mallarmé y fue ícono del romanticismo y del simbolismo.

Su legado no es solo artístico sino también social, cambiando el paradigma de la mujer como objeto de inspiración, para luego ser ella la artista y la jefa de una troupe de 50 personas. Vivió 23 años con su compañera Gabrielle Bloch y no rindió cuentas a nadie.

Para ejemplificar un poco cual era la sensación que daba su presencia en escena, es hermoso leer las propias palabras de Gabrielle, quien a los 14 años tras ir a ver a la “Loie a les folies bergere” escribió en su diario de vida: “Una sombra luminosa y ligera a través de la noche morena filtra un reflejo pálido que palpita, mientras, en el aire hay pétalos que vuelan, flor de oro sobrehumana que se estira hacia el cielo. Ella no es hermana de las flores terrestres, ella no se ofrece como consuelo, pero lo sobrenatural la vio nacer, ella germinó en la región fantástica bajo un rayo de luna azul. La vida palpita en su carne transparente y sus hojas claras convulsionan en la sombra como grandes brazos atormentados. Todo un florecimiento de ensueño se estira y piensa el poema animado de la flor canta, la delicada, fugitiva y misteriosa. En el firmamento puro, enjambre de estrellas y de fuego. Una llama crepitante se enciende. Ella gira y brilla. Humo pesado como incienso, sube y se fusiona con la oscuridad que titila con sus fuegos de incendio, extraña llama que crece enormemente, podría decirse que es como el pensamiento humano estallando en la noche y nosotros nos quedamos con el corazón en un puño mientras la belleza pasa.”

Loie murió en París el año 1928 de cáncer de mama y está enterrada cerca de María Callas en el Pere Lachaise.