♦ Flappers ♦

Publicado por: Valentina Posada |
03•02•2014
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La experimentación constante de que ha sido objeto el vestuario a lo largo de su historia cobra sentido en el presente si se toma en cuenta que la moda ha sido un lugar de memoria e identidad fundamental de la modernidad. Las vestimentas de los años veinte encarnan la era en que las mujeres abandonaron las modas más represivas de tiempos pasados y comenzaron a vestirse acorde a su inclusión en la vida moderna.

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Desde principios de la década, hombres y mujeres acogieron apasionadamente los estilos asociados a “Los locos años veinte” (“The Roaring Twenties”), caracterizados por la riqueza cultural de ciudades como Nueva York, París, Londres, Berlín y otras metrópolis que gozaban de dinamismo social, artístico, cultural, en el contexto de una prosperidad económica de la que no se veía el fin. Fue precisamente el período en que floreció el Jazz y las influencias visuales del Art Déco pusieron en boga la audacia de las formas geométricas y la simetría en la ornamentación. Económicamente, el crecimiento industrial, el desarrollo tecnológico y el incremento de las demandas y aspiraciones de consumo cambiaron significativamente el estilo de la vida cultural con el auge del automóvil, los teléfonos y la electricidad.

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Cada esfera de la actividad humana estaba siendo revolucionada y la industria de la moda no fue la excepción: en un acotado período de tiempo las mujeres entraron al mundo laboral y ganaron el derecho a voto, a un tiempo que el vestuario se tornó más práctico, accesible y andrógino. Todos los patrones estéticos que regían el imaginario femenino pujaban hacia una figura nueva, a medio camino entre la mujer de alta sociedad y una caracterizada por una inédita especie de handsomeness. Decisiones estéticas que manifestaban los nuevos ideales con los que se identificaban las mujeres modernas. Las jóvenes a la moda de los años 20 eran llamadas flappers, en referencia a las chicas que pasaban de niña a mujer, pero que conservaban la torpeza e incomodidad de la infancia. De este concepto surgió el flapper dress, prenda que por primera vez en la historia desacentuó la línea del busto, deshizo el constrictivo corsé y lució una figura holgada y dinámica que permitía al cuerpo bailar, trabajar, moverse y hacer deporte. Así, las mujeres modernas asistían a sus trabajos como mecanógrafas o telefonistas para luego entregarse a la vida nocturna y al Charleston sin cambiar de vestuario. Faldas plisadas, drapeadas o desflecadas eran muy populares dado que acentuaban los pasos y patadas del nuevo baile.

Los movimientos por los derechos de las mujeres y la Primera Guerra Mundial tuvieron un papel protagónico en los cambios estéticos: la ropa interior empezaba a cambiar, desechando el confinamiento del corsé, acortando las bragas y dando paso a los enteritos o bodies. Por primera vez en siglos las mujeres anhelaban un look más masculino, de cuerpo plano y cabello corto. Sumado a esto, casi toda una generación de hombres había muerto en la guerra, dejando a las mujeres jóvenes viudas o sin pretendientes. Rompiendo con el antiguo sistema de valores, estas chicas perdieron el miedo a la soltería y salieron a disfrutar las frivolidades y placeres de la vida. Hacia 1920 había nacido una nueva mujer que fumaba, bebía, bailaba y asistía a fiestas por su cuenta. La flapper era desafiante y tomaba riesgos. Célebres artistas y autores encontraron inspiración en las flappers para dar forma a sus obras. Scott Fitzgerald describió a estas chicas como jóvenes “encantadoras, costosas y de unos diecinueve años” y el ilustrador John Held Jr. celebraba la imagen de las flappers dibujando mujeres jóvenes que contorsionaban sus cuerpos en bailes frenéticos.

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La moda de la época estaba fuertemente influenciada por las corrientes artísticas: el arte experimentaba una lenta transición desde la exuberante y curvilínea decoración del Art Nouveau a las formas geométricas y mecanizadas del Art Déco. Elsa Schiaparelli plasmó en sus diseños el ideal de un “más allá de lo real” en el arte expresado en prendas etéreas y fantasmagóricas. Este deseo de jugar con la irrealidad llevó a las flappers a experimentar con el maquillaje: labial escarlata, delineador de ojos negro y níveos polvos faciales. La mujer de esta década se divertía y jugaba con su apariencia dejando de lado las presiones de lucir natural. Este aspecto sonámbulo de rostros pálidos y ojos oscuros era quizás lo más inquietante de la tendencia de los años 20 debido al sentido de fantasía evocado en sus apariencias, pero no del tipo de un cuento de hadas sino ligeramente más oscuro. Tal vez una idea más melancólica de la realidad, traducida en la ropa y el maquillaje: un punto entre despierta y dormida, entre realidad e ilusión. La apariencia de pequeñas fantasmas se complementaba con los elementos nostálgicos de tejidos ligeros, plumas y perlas que indicaban una suerte de despojamiento de los colores y materiales pesados para dar paso a la imagen delicada y oscura que da forma a los sueños.

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A finales de la década de 1920 el mercado de valores se sumió en la Gran Depresión y la frivolidad y la imprudencia se vieron conminadas a su fin. Sin embargo, las flappers ya habían calado profundamente en la historia y la moda había operado como un espejo de estos cambios: las mujeres se separaron irremediablemente de la imagen victoriana de feminidad, los corsé cayeron y las inmovilizantes capas de ropa fueron sustituidas por el movimiento y el cuestionamiento de los antiguos paradigmas de género.

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♦ Por Valentina Posada ♦

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